Acreedores
Nadie deja de depender. Solo elige de quién.
Son las tres de la mañana y llevo cuarenta minutos sin sentir el brazo izquierdo. La bebé se durmió encima. Si me muevo, despierta. Si despierta, se despierta la casa. Miro el techo. Hay una mancha de humedad que a esta hora parece un país.
En algún punto aparece un dato, no una revelación: llevo semanas sin preguntarme si estoy motivado. La pregunta no se contestó. Dejó de caber.
Antes cabía todo el tiempo. El reloj, el viaje, el siguiente escalón del organigrama. Todo funcionaba, y funcionaba de verdad. El problema era la ventana de satisfacción. El gusto duraba semanas, después días, al final me alcanzaba apenas hasta desempacarlo o usarlo una vez. Cualquiera que haya trabajado con retención de clientes conoce esa curva de memoria: hay que meterle cada vez más para sacar lo mismo, y el negocio se ve espléndido hasta que alguien grafica las dos líneas juntas.
Esa madrugada pensé en otra cosa. En que la vida de cualquier adulto descansa sobre una lista de cargos automáticos.
Renta.
Colegiatura.
Seguro.
El ingreso que hace posible todo lo anterior.
Salen solos cada mes, sin consultar a nadie, y si dejan de salir la estructura entera se viene abajo en un trimestre. Necesidad total, unilateral, hacia entidades que no saben cómo te llamas.
A eso nadie le dice dependencia.
La palabra se reservó para otra cosa. Nació en un consultorio, describiendo cuadros psicológicos precisos: gente que había organizado su vida entera alrededor del daño de alguien más. Era una descripción clínica y tenía un objeto clínico. De ahí salió, se estiró, y terminó cubriendo cualquier forma de necesitar a otro. La palabra creció. El fenómeno no.
Y a alguien le convino que creciera.
El cliente ideal decide solo. No consulta, no negocia, no tiene que explicar la compra en la cocina un martes. Ciclo corto, fricción baja. Y la fricción no la mete la familia: la mete cualquiera a quien le tengas que decir algo antes de decidir. Un roommate, un hermano, una madre que depende de ti, alguien que cuenta contigo el jueves. Nadie conspiró contra los vínculos, es más frío que eso: esa consulta tiene un costo medible, y todo lo que la reduce se financia, se anuncia y se repite, hasta que deja de parecer publicidad y empieza a parecer sentido común. No hay villano. Hay incentivo. Y el incentivo no necesita mala fe, nada más necesita cuarenta años.
Sé cómo suena. Suena a persona acomodada defendiendo su acomodo. Puede ser. También puede ser que la palabra que usamos para no revisar esto lleve décadas trabajando para alguien que no somos nosotros.
Yo también tengo mi versión, y no es más noble que ninguna otra. La mía tiene forma de gente que me espera a una hora. La de un amigo tiene forma de aeropuerto. Me lo explicó hace poco en una comida, con la calma de quien ya ordenó su vida y sabe por qué: puede aceptar la reubicación mañana, nadie le reclama la hora de llegada, cuatro viajes al año del otro lado del mundo. Lo dijo bien. Me dio envidia, y no de la barata. Si esa vida no fuera buena, nadie la querría.
Luego me contó que ya estaba viendo dónde iba el siguiente. Tenía fechas. Y no pensé nada sobre él. Pensé en la mecánica, que es la misma en los dos casos: eso también se paga cada mes, con la misma puntualidad, y también deja de ser opcional el día en que es lo único que sostiene la sensación de estar vivo. A eso nadie le dice dependencia. Le dicen estilo de vida, y viene con foto.
En la misma mesa estaba otro, que no dijo nada. Lleva seis años pagando el cuidado de su madre. No tiene hijos ni piensa tenerlos, y tampoco puede aceptar la reubicación mañana.
La diferencia entre los tres no es que unos dependan y otro no. Es de quién.
Y ahí aparece una asimetría que conviene mirar de frente. Lo impersonal es sustituible por diseño: se cambia de banco, de ciudad, de marca, de aerolínea, y el sistema apenas lo registra. Una persona no funciona así. Mi pareja no tiene reemplazo. La bebé no tiene reemplazo. No hay segunda opción corriendo en paralelo, no hay cobertura, no hay forma de diversificar el riesgo. Si eso se cae, se cae completo. La gente se muere, la gente cambia, la gente se cansa. Por eso quien quiere todo ordenado y bajo control no puede pagar la entrada: la entrada consiste exactamente en perder el control. No es un defecto de carácter. Es un cálculo, y hay quien lo hizo con honestidad y le salió que no.
Queda una distinción, la más fina de todas. Poder querer a alguien no es lo mismo que necesitar que te quieran. Lo primero da. Lo segundo cobra. Y a veces la exigencia de no necesitar a nadie es la forma más elegante de lo segundo: pedir cariño sin permitir que nadie audite la cuenta.
Anoche mi hija mayor me pidió que me quedara hasta que se durmiera. Me quedé. Tardó veinte minutos, y fueron veinte minutos buenos, de esos que uno estiraría si pudiera. En algún punto, sin proponérmelo, empecé a calcular cuántas noches más me lo va a pedir antes de dejar de pedirlo.
Ahí me detuve. No por dolor. Porque el reflejo de contar seguía intacto, funcionando perfecto, en el único cuarto de la casa donde no sirve para nada.
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