Confieso un crimen que estoy repitiendo.
Faltan días para que nazca. Es la segunda vez que decido una vida sin preguntarle, y lo volvería a hacer. Esto no es una disculpa.
La bebé viene en unos días. Lo sé por las ecografías, por la forma en que mi pareja ya no encuentra postura para dormir, por la maleta que lleva una semana lista junto a la puerta. En lugar de la ternura que se supone que toca, ando con otra cosa adentro.
Me siento un criminal.
No en sentido figurado bonito. Lo digo despacio: tomé una decisión que le cambia la existencia entera a alguien que nunca firmó nada. Nadie le preguntó si quería venir. Nadie podía preguntarle. Decidí por ella, desde mis ganas, y la traigo a un lugar que ni yo entiendo del todo.
Hay una versión cobarde de esto que se resuelve rápido. Decir que le voy a dar todo lo que necesite, como si el problema fuera de logística. No lo es. El problema es anterior. Es que la traje. Que la quise aquí antes de que ella pudiera querer nada.
Y aun sabiéndolo, lo hago. Por eso lo de criminal tiene también algo de rebelde. Decido traer vida sabiendo el costo, sin la coartada de la inocencia. No es un accidente que me agarró desprevenido. Es un acto con los ojos abiertos.
No le voy a pedir perdón. Pedir perdón sería desear no haberlo hecho, y yo lo volvería a hacer. Otra vez, y todas las veces que me preguntaran.
Lo que le debo no es una disculpa. Una disculpa cierra y borra. Esto no se cierra. Es quedarme. Responder por la apuesta que hice con su vida sin consultarla. La presencia no es penitencia, es la única forma honesta de sostener una decisión que no tiene marcha atrás. Estar. Sin pantalla, sin pensar en lo siguiente, sin que la conversación de mi cabeza le gane a la de ella.
Lo que me enseñó la primera
Con mi hija mayor no sentí nada de esto. Pero tampoco sentí lo torpe, lo de estreno, lo que cualquiera supondría. Sentí lo contrario.
Sentí que era el momento de enderezarme. De ponerme serio, de formalizarme, de por fin ser un “hombre”, con todo lo que esa palabra cargaba para mí entonces. Me puse a construir al padre que se suponía que debía ser. Un personaje. Trabajé en él durante años, lo pulí, lo creí.
Y cuando lo tuve armado, aterrizó el chiste solo. No existe el padre que estaba tratando de ser. No hay una forma de hacerlo bien esperándote al final del camino. No hay versión aprobada. Nunca la hubo. Pasé años construyendo a alguien para descubrir que el molde estaba vacío.
Eso me lo dio ella. Sin saberlo, sin proponérselo. El egoísmo de querer ser buen padre fue exactamente lo que terminó rompiéndome el personaje en las manos. Ella me abrió la puerta al viaje en el que sigo. De cómo pasó eso, y de por qué tardé tanto en verlo, me ocupo otro día.
Por eso esta vez lo siento distinto. No porque sienta menos. Porque ahora veo la estructura que antes no veía. La primera me quitó la venda. La segunda llega cuando ya no tengo a quién fingirle.
Le tengo más miedo a que salga bien
Tengo miedo, claro. Pero no del que se confiesa fácil.
Tengo miedo de que salga mal. Eso lo entiende cualquiera.
Lo que casi no se dice es el otro miedo. Tengo miedo de que salga bien. De que crezca sana, despierta, viva. Porque entonces le toca lo mismo que a todos los que viven: las pérdidas, el desencanto, los martes por la noche en que la vida pesa sin razón aparente. Salir bien significa cargar lo que cargan los vivos. Y eso también se lo entrego yo.
Que quede claro: no es que prefiera que no llegue. Es lo contrario. Quererla aquí y entregarle la cuenta completa son el mismo gesto, no dos deseos peleándose. No puedo separar una cosa de la otra, y no quiero. No hay versión de esto donde yo no le imponga algo, y aun así la elijo entera.
La quiero aquí. No a pesar del costo. Con el costo incluido. Quiero esta vida completa, la que le doy y la que me toca al dársela, sin descontarle las partes feas para que el saldo me salga bonito.
Y no la traigo con una expectativa esperándola. No quiero que llegue a una buena universidad, ni que viva bien, ni siquiera que sea feliz. Esas son etiquetas que la cargarían con un resultado que tiene que perseguir para no decepcionarme. No le pongo ninguna. Lo único que le debo es quererla sin condición, sin moldearla, sin empujarla hacia la versión de ella que a mí me convenga. Suena suave y es lo más difícil que voy a hacer. Forjarla hacia algo sería más fácil: tendría una métrica, sabría si voy ganando. Aceptarla entera, sin guion, no me da ningún marcador. Solo me pide estar y soltar al mismo tiempo.
Faltan días.
Estoy aterrado y la quiero aquí. Las dos cosas a la vez, sin que ninguna le baje el volumen a la otra. Y si me preguntaran de nuevo, ya sabes lo que contestaría.
Si tienes cerca a alguien que va a ser padre o madre y anda fingiendo que solo siente ternura, reenvíale esto. No para consolarlo. Para que sepa que el miedo y las ganas caben en la misma persona sin pedirse perdón.
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