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Hay una pregunta sobre inteligencia artificial que me interesa bastante más que si una máquina puede hacer arte.
Si cada vez es más fácil fabricar una canción, una imagen o eventualmente una película, ¿qué parte de hacerlas seguirá siendo difícil?
Durante mucho tiempo mezclamos varias cosas bajo una misma palabra: crear.
Tener una idea era crear. Saber tocar era crear. Grabar era crear. Editar era crear. Conseguir una cámara era crear. Aprender un software era crear. Tener suficientes horas, dinero o amigos dispuestos a ayudarte también era parte de crear.
La tecnología lleva décadas separando esas cosas.
Las herramientas generativas simplemente están acelerando brutalmente esa separación.
Y sospecho que eso va a cambiar no sólo cómo hacemos arte, sino también qué consideramos valioso dentro de él.
Una camiseta no contiene $1,000 dólares de camiseta
Una camiseta de $1,000 dólares no contiene $1,000 dólares de algodón, costuras y mano de obra.
Puede estar bien hecha. Seguramente importa que lo esté.
Pero el precio vive también en otras partes: quién la diseñó, qué representa la marca, a qué cultura pertenece, quién la usa, qué historia carga, qué escasez produce y qué significa para la persona que decide comprarla.
Eso no convierte la confección en irrelevante.
Simplemente significa que el valor de un objeto nunca estuvo contenido exclusivamente en su ejecución.
Con el arte pasa algo parecido.
Durante mucho tiempo ejecución y autoría estuvieron tan pegadas que resultaba fácil confundirlas.
La persona que tenía la idea de una canción normalmente tenía que aprender a tocar, conseguir músicos, grabar, producir y terminarla. La dificultad técnica funcionaba como una especie de aduana.
No necesariamente demostraba que alguien tuviera algo interesante que decir.
Pero sí impedía que muchísima gente llegara al otro lado.
Ahora esa aduana está cambiando.
La cámara me parece otra pista
La fotografía tuvo una discusión parecida.
La cámara automatizó una enorme cantidad de trabajo que antes requería una habilidad extraordinaria. Después llegaron el autofocus, las cámaras digitales, Photoshop y finalmente un teléfono que corrige exposición, color y contraste antes de que terminemos de presionar el botón.
Eso no eliminó la fotografía.
Cambió dónde buscamos la diferencia.
Dos personas pueden tener exactamente la misma cámara y regresar con imágenes completamente distintas.
Porque todavía hay que decidir dónde ponerse.
Qué mirar.
Qué excluir.
Cuándo disparar.
Cuál de cincuenta fotografías conservar.
Y, sobre todo, por qué esa fotografía tenía que existir.
Las herramientas generativas pueden llevar música, ilustración y video hacia algo parecido.
La ejecución deja de ser necesariamente el cuello de botella.
La decisión empieza a pesar más.
¿Puede curar ser parte de crear?
Aquí aparece una palabra que durante mucho tiempo tratamos como secundaria: seleccionar.
Nos gusta imaginar al artista como alguien que produce materia desde cero.
Pero muchísimo trabajo creativo consiste en otra cosa.
Probar.
Descartar.
Mover.
Combinar.
Repetir.
Decidir que la versión 47 tiene algo que la 46 no tenía.
Un productor musical ya trabaja así.
Un director de cine no construye físicamente cada objeto que aparece frente a la cámara.
Un editor puede transformar miles de palabras ajenas en una obra completamente distinta mediante decisiones.
Un DJ no fabricó las canciones que mezcla.
La autoría nunca ha sido únicamente ejecución.
Lo que hacen las herramientas generativas es volver esa separación mucho más evidente.
Puedes pedir cien versiones de algo.
Eso no significa que las cien merezcan existir.
Quizá una de las habilidades centrales del creador de los próximos años sea precisamente desarrollar suficiente criterio para reconocer cuál sí.
¿Y si el artista también es el mundo alrededor de la obra?
Aquí se vuelve más rara la conversación.
Porque cuando producir una canción sea barato, la pregunta quizá deje de ser únicamente:
¿quién hizo esta canción?
Y empiece a ser:
¿quién decidió que esta canción debía existir?
¿De qué persona viene?
¿Qué otras cosas hace?
¿Qué escucha?
¿Qué rechaza?
¿Qué contradicciones aparecen una y otra vez?
Quizá la vida y perspectiva del artista termine siendo parte del medio.
No en el sentido aburrido de construir una “marca personal”, sino porque, frente a una abundancia casi infinita de objetos técnicamente competentes, el mundo alrededor de la obra ayuda a darle significado.
Una canción aislada puede ser intercambiable.
Diez canciones, una manera particular de escribir, imágenes, referencias, decisiones estéticas y años mirando ciertos problemas empiezan a formar otra cosa.
Un universo.
Y los universos son bastante más difíciles de generar con un botón.
Claro que hay una posibilidad mucho menos romántica
También podemos producir una cantidad industrial de basura.
De hecho, ya está pasando.
Según los datos de Luminate, en 2025 había alrededor de 253 millones de tracks disponibles en servicios de streaming.
Aproximadamente 541 mil canciones —cerca del 0.2% del catálogo— concentraron 49.4% de los streams de audio globales, mientras que 88% de las canciones tuvo menos de 1,000 reproducciones durante el año.
No vivimos precisamente en una época con escasez de música.
Hacer todavía más no garantiza nada.
Es perfectamente posible que las herramientas generativas simplemente llenen internet de canciones suficientemente buenas para que nadie sienta nada por ellas.
Imágenes bonitas.
Videos competentes.
Textos correctos.
Una cantidad extraordinaria de cosas que funcionan y una cantidad igualmente extraordinaria de indiferencia.
Pero hay una posibilidad que sí me emociona
La reducción del costo de crear también permite hacer cosas que antes eran demasiado pequeñas para justificar el esfuerzo.
Una canción para veinte personas.
Una película extraña para un grupo específico.
Un videojuego sobre una experiencia demasiado particular.
Un disco local.
Una historia que comercialmente no tendría ningún sentido producir.
Durante décadas, una parte importante de la cultura tuvo que pasar por filtros económicos antes de existir.
Había que convencer a alguien de que valía la pena imprimirla, grabarla, distribuirla o financiarla.
Cuando la ejecución se vuelve barata, algunos de esos filtros desaparecen.
Y eso puede producir muchísima basura.
Pero también puede producir una cultura más específica.
Más rara.
Más local.
Más personal.
Quizá no necesitemos más música. Quizá necesitemos música de más gente.
Me interesa imaginar qué pasa cuando hacer una canción deja de ser una actividad reservada a quienes decidieron dedicar una parte considerable de su vida a dominar un instrumento o un software.
No porque esas habilidades dejen de importar.
Sino porque aparecen otras voces.
La señora de una papelería.
Un conductor de Uber.
Un niño.
Una persona de setenta años.
El carnicero de una colonia.
No necesariamente quieren convertirse en artistas profesionales.
Tal vez sólo tienen una cosa que quieren convertir en canción.
Jugar también cuenta
Hay además algo que solemos olvidar cuando discutimos tecnología y arte con demasiada solemnidad:
hacer cosas puede ser divertido.
No todo objeto creativo necesita justificar su existencia mediante una revolución estética.
Algunas personas dibujan mal.
Tocan tres acordes.
Hacen fotografías mediocres de sus vacaciones.
Escriben poemas que jamás publicarían.
Y aun así la actividad tiene valor.
Las herramientas generativas pueden convertir a mucha gente que antes era exclusivamente consumidora en participante.
Eso probablemente genere cosas terribles.
También puede ser bastante sano.
Una cultura en la que más personas hacen cosas, aunque muchas sean malas, me parece por lo menos más interesante que una cultura en la que unas pocas producen y el resto únicamente desliza el dedo por una pantalla.
Quizá no esté desapareciendo el talento. Quizá estemos agregando otros
Nada de esto elimina la ejecución.
Ver a alguien tocar extraordinariamente bien un instrumento seguirá siendo impresionante.
Una gran voz seguirá teniendo algo que una simulación no reproduce por completo.
Un concierto seguirá teniendo cuerpo, riesgo, presencia, imperfecciones y una relación humana difícil de comprimir en un archivo.
Probablemente aparecerán incluso nuevas jerarquías.
Habrá quien valore una canción precisamente porque sabe que cinco personas la tocaron juntas en una habitación.
Habrá quien no le dé ninguna importancia.
Habrá obras completamente generativas y otras que hagan de la ausencia de generación una característica central.
Eso ya ocurre en otras disciplinas.
La pintura no desapareció cuando apareció la fotografía.
El teatro no desapareció con el cine.
El vinilo sobrevivió al streaming.
Las nuevas tecnologías rara vez borran por completo los medios anteriores.
Más bien cambian el significado de elegirlos.
Quizá eso sea lo interesante de este momento.
No estamos descubriendo que la técnica no importa.
Estamos descubriendo que técnica y autoría nunca fueron exactamente la misma cosa.
Y al separarlas, quedan expuestas un montón de preguntas que antes podían esconderse detrás de lo difícil que era fabricar algo.
¿Qué elegiste?
¿Por qué?
¿Qué descartaste?
¿Qué intentas decir?
¿Qué mundo estás construyendo?
¿Por qué debería importarme que esto venga de ti?
Esas preguntas no parecen estar volviéndose más fáciles.
Quizá al contrario.
Y si algún día el carnicero de mi colonia hace una canción bastante mala sobre criar a cuatro hijos mientras abre su negocio a las seis de la mañana, no sé si eso cambiará la música.
Pero creo que genuinamente me gustaría escucharla.



