Escucha demasiado.online. aquí:
Hay canciones que se quedan fuera de un disco porque no son suficientemente buenas.
Estas se quedaron fuera porque estaban divirtiéndose demasiado.
Mientras armaba robot.emocional. empecé a notar que algunas canciones no terminaban de pertenecer ahí.
Habían nacido del mismo experimento.
Las mismas herramientas.
La misma computadora.
La misma obsesión reciente por averiguar qué pasa cuando alguien que lleva años haciendo música empieza a utilizar herramientas generativas para volver a hacerla.
Pero tenían otra energía.
Eran más electrónicas.
Más Auto-Tune.
Más internet.
Y, sobre todo, bastante menos solemnes.
robot.emocional. se fue convirtiendo en un disco sobre cosas que genuinamente me importaban: ansiedad, paternidad, trabajo, clase, vidas que no vivimos y aprender a habitar la que sí nos tocó.
Mientras tanto, en otra carpeta tenía canciones sobre MySpace, gente que sabe perfectamente quién va a ver la foto que acaba de subir, revisar si alguien sigue conectado, encontrar señales místicas en un visto a las 2:22 y fantasear con cerrarle Google Sheets a alguien por una noche.
No tenía mucho sentido obligarlas a convivir.
Así apareció demasiado.online.
No sé si tiene una gran tesis.
Quizá ésa sea precisamente la tesis.
Un rato dentro de internet
Hay algo rarísimo en abrir el teléfono sin querer hacer nada en particular.
Entras a Instagram.
Ves una persona.
Luego otra.
Alguien te recuerda algo de 2007.
Buscas una canción.
Terminas viendo el perfil de alguien que no conoces.
Piensas una estupidez.
Luego otra.
Revisas si alguien vio tu mensaje.
Te aparece publicidad de algo que jamás recuerdas haber buscado pero que, inquietantemente, sí quieres.
Te preguntas por qué son las 2:22.
Consideras por unos segundos que tal vez sea una señal del universo.
Cierras una aplicación.
Abres otra.
Revisas una última conexión que habías prometido no revisar.
Todo esto puede ocurrir antes de que termines de ir al baño.
demasiado.online. intenta capturar un poco eso.
No es realmente una historia con principio y final.
Es hacer scroll dentro de una cabeza que lleva demasiado tiempo conectada.
O, mejor dicho, dentro de miles de cabezas al mismo tiempo.
Porque una de las cosas más raras de internet es que pasamos buena parte del día escuchando pensamientos que nadie nos pidió escuchar.
Comentarios.
Memes.
Captions.
Videos.
Opiniones de desconocidos.
Confesiones.
Coqueteos.
Gente vendiéndonos una vida.
Gente burlándose de esa misma vida.
Y después de suficiente tiempo ahí, inevitablemente empiezas a agregar tus propios pensamientos al ruido.
Estas canciones son algunas de esas pestañas.
demasiado.online.
La primera es probablemente la única canción del disco que intenta diagnosticar el problema.
Cierro una pestaña
abro tres.
Actualizar aunque no esperes encontrar nada nuevo.
Seguir bajando porque algo tiene que haber más abajo.
Tener uno por ciento de batería y sentir que probablemente tú también.
La contradicción que abre el disco es sencilla:
demasiada gente para sentirme solo.
Tenemos acceso prácticamente ilimitado a personas, imágenes, conversaciones, información y entretenimiento, pero eso no significa necesariamente sentirnos más acompañados.
Sabemos qué está haciendo todo el mundo.
Y muchas veces seguimos sin saber qué hacer con nosotros mismos.
Modo avión.
Lo quitas por si acaso.
Cero mensajes.
Mil cosas que mirar.
La pantalla nunca duerme.
Uno tampoco.
sexting.X.myspace.
Inevitablemente, internet también es nostalgia.
Pero la nostalgia de internet es especialmente absurda porque extrañamos páginas que cuando existían nos parecían horribles.
MySpace.
El Top 8.
Tom de MySpace.
Perfiles que empezaban a reproducir una canción sin pedir permiso.
Fotos con flash en el espejo.
Attack Attack! en autoplay.
Contraseñas que probablemente todavía funcionan en alguna cuenta abandonada.
La canción nació de una pregunta bastante poco filosófica:
¿cómo sería intentar tener una conversación en 2026 pero pedir que ocurra en MySpace?
No quiero regresar realmente a 2007.
Quiero regresar cinco minutos a la sensación de estar ahí mentalmente.
Cuando aparecer como “online” todavía tenía cierto peso.
Cuando mover a alguien en tu Top 8 podía constituir diplomacia internacional adolescente.
Cuando internet todavía parecía un lugar al que entrábamos en vez de un lugar del que ya nunca salimos.
otra.foto.
Internet convirtió algo muy viejo —querer ser visto— en una ciencia bastante sofisticada.
Subes una foto.
La borras.
La vuelves a subir.
Dices que no lees los comentarios.
El teléfono vibra.
Sonríes.
Sabes perfectamente qué estás haciendo.
Y todos podemos fingir que simplemente “subiste una foto”.
otra.foto. juega con esa complicidad.
Con mirar y saber que estás mirando.
Con ser mirado y saber perfectamente que te están mirando.
Con esa pequeña zona gris en la que exhibición, deseo, algoritmo y performance empiezan a confundirse.
Hay algo que me parece especialmente gracioso de internet: nos permite hacer cosas tremendamente deliberadas y después actuar como si hubieran ocurrido accidentalmente.
“¿Esta foto? Ah, sí. La subí.”
Claro.
Probablemente nuestros abuelos hacían alguna versión de lo mismo.
Nada más no tenían stories y reels.
visto.2:22.
Ésta es sobre una de las grandes capacidades adquiridas por nuestra especie:
tener demasiada información y utilizarla para inventarnos más problemas.
Son las 2:22.
Te dejaron en visto.
Pero Snapchat dice una cosa.
En YouTube parece otra persona.
En TikTok se está riendo.
En Reels es inalcanzable.
Y contigo:
ni una palabra.
Entonces aparece el pensamiento inevitable:
esto debe significar algo.
Quizá el universo intenta comunicarse contigo.
Quizá 2:22 es una señal.
Quizá el aro verde significa algo.
O quizá vio tu mensaje y simplemente no contestó.
Internet nos dio acceso a una cantidad extraordinaria de microinformación sobre otras personas.
Y en lugar de tranquilizarnos, conseguimos utilizarla para construir investigaciones completas sobre nuestra vida amorosa.
El doble check como astrología.
fuera.de.agenda.
Después de suficiente tiempo mirando vidas ajenas aparece otra cosa muy internet:
la fantasía instantánea de una vida alternativa.
Ves un perfil.
Cinco minutos se convierten en cuarenta.
De pronto ya imaginaste otra rutina.
Otra ropa.
Otra persona.
Otro martes.
Quizá hasta dos hijas tomando matcha orgánico.
Internet es extraordinariamente eficiente para esto.
Te enseña un fragmento y tu cabeza escribe el resto.
fuera.de.agenda. salió de esa exageración.
De mirar a alguien que parece tener cada parte de su vida perfectamente organizada y pensar:
quiero cerrarte Google Sheets un rato.
No todo son métricas.
También se vale perder el control.
La canción empieza como una fantasía bastante superficial y termina haciendo algo que me divierte mucho de este disco: llevar la estupidez demasiado lejos.
Ya no estás viendo un perfil.
Ya bloqueaste la agenda del martes a las once.
ultima.coneXXi0n
Y entonces se hace tarde.
Aquí el disco deja de reírse un poco.
Porque detrás de todas esas plataformas, fotos, mensajes y versiones digitales de nosotros mismos hay una forma de intimidad que todavía me parece extrañísima:
podemos saber muchísimo de alguien sin estar realmente cerca de esa persona.
Sabes cuándo despierta.
Sabes cuándo no duerme.
Sabes qué foto borró.
Sabes cuál dejó.
Puedes tener imágenes de alguien que nunca imprimiste.
Puedes conocerlo en alta definición.
Y aun así:
no conocerlo de verdad.
Por eso quería que el disco terminara aquí.
En la última conexión.
En cerrar un perfil y volverlo a abrir.
En prometer que no vas a mirar otra vez.
En descubrir que alguien puede desaparecer sin irse a ningún lugar.
Después de varias canciones haciendo chistes con nuestra obsesión por las pantallas queda algo bastante menos divertido.
Apagarla.
Pantalla negra.
Seguir aquí.
¿Quién hizo esto?
Hay otra pregunta atravesando estos discos que me interesa cada vez más.
¿Qué significa hacer algo cuando una parte cada vez mayor de la ejecución puede delegarse a una máquina?
Estoy escribiendo otro texto específicamente sobre esto, así que no quiero resolver aquí toda la discusión sobre arte generativo.
Tampoco creo que pueda.
Pero hacer estos discos me obligó a pensarla desde un lugar mucho menos teórico.
Durante mucho tiempo fue relativamente sencillo relacionar autoría con ejecución.
Tocas un instrumento.
Escribes una letra.
Tomas una fotografía.
Pintas.
Producción.
Mezcla.
Grabación.
Pero en realidad llevamos muchísimo tiempo separando esas cosas.
Un disco puede llevar el nombre de un artista y contener trabajo de compositores, productores, arreglistas, músicos de sesión, ingenieros, mezcladores y personas que masterizan.
Eso no vuelve irrelevante el oficio de ninguno de ellos.
Tampoco significa que todas esas funciones sean equivalentes.
Significa algo más sencillo:
la creación nunca ha sido tan fácil de reducir a “quién ejecutó físicamente cada parte”.
Lo mismo ocurrió con la fotografía.
Una cámara moderna puede resolver automáticamente exposición, enfoque, estabilización y una cantidad enorme de decisiones técnicas.
Eso no significa que cada persona con una cámara produzca la misma fotografía.
La máquina puede resolver cómo exponer una escena.
No puede decidir por qué vale la pena mirar esa escena.
Algo parecido pasa con el diseño.
El valor de una prenda no se explica solamente por la dificultad física de fabricar su material.
Importan el corte.
La selección.
La combinación.
La referencia.
La intención.
El contexto.
La marca.
El gusto.
Ninguna de estas comparaciones demuestra que escribir un prompt sea equivalente a tocar guitarra durante veinte años.
No lo es.
Y tampoco me interesa fingirlo.
Lo que sí me interesa es otra pregunta:
si cada vez más partes de la ejecución se vuelven baratas, rápidas o automáticas, ¿dónde empieza a moverse el valor?
Elegir también es parte de hacer
En mi experiencia con estas canciones, buena parte del trabajo terminó ocurriendo en lugares distintos a los que conocía haciendo música antes.
Qué idea merece una canción.
Qué letra no funciona.
Qué generación tiro.
Qué parte vuelvo a generar.
Qué pronunciación me molesta.
Qué acento no pertenece.
Qué voz quiero.
Qué instrumento sobra.
Qué canción se queda fuera de un disco porque rompe el tono.
Qué título pertenece al mundo que estoy construyendo.
Por qué una referencia a MySpace, Tom y Attack Attack! funciona aquí pero otra referencia aparentemente similar no.
Por qué el disco no debe terminar con una explosión.
Por qué debe terminar con:
pantalla negra.
sigo aquí.
Una herramienta puede ofrecerte cien opciones.
Eso no vuelve iguales las cien.
Ahí aparece algo que quizá vamos a tener que aprender a valorar cada vez más:
criterio.
No creo que el criterio sustituya al oficio.
Creo que son cosas diferentes.
Pero tampoco creo que el oficio sea la única forma posible de autoría.
Y sospecho que las herramientas generativas van a volver esa distinción cada vez más incómoda.
Porque cuando ejecutar algo cuesta muchísimo menos, queda mucho más expuesta una pregunta que antes podía esconderse detrás de la dificultad técnica:
¿tenías algo que decir?
Más música. También más basura.
Hay una parte de todo esto que me entusiasma muchísimo.
Mi apuesta es que vamos hacia una música mucho más específica.
Más pequeña.
Más local.
Más rara.
Más personal.
Canciones para escenas que antes jamás habrían podido justificar un estudio, músicos, producción, mezcla y master.
Una persona puede hacer una canción para cien personas.
Para treinta.
Para una comunidad rarísima de internet.
Para una broma entre amigos.
Para documentar tres meses concretos de su vida.
Y quizá eso sea suficiente.
Durante décadas, una enorme parte de la música que llegaba hasta nosotros necesitaba sobrevivir varios filtros económicos antes de siquiera existir.
Alguien tenía que apostar dinero.
Tiempo.
Estudio.
Distribución.
Inventario.
Promoción.
Ahora una idea mucho más pequeña puede convertirse en una canción terminada.
Eso me parece fascinante.
También significa que vamos a producir cantidades industriales de basura.
Claro.
Internet ya nos enseñó cómo funciona esto.
Cuando democratizas publicar texto no obtienes solamente más grandes escritores.
Obtienes millones de posts horribles.
Cuando democratizas video no obtienes solamente grandes cineastas.
Obtienes horas infinitas de una persona grabándose mientras desayuna.
La abundancia no garantiza calidad.
Sólo elimina una barrera.
Después vuelve el problema de siempre:
encontrar algo que valga la pena.
Y quizá por eso el gusto, la identidad y la selección se vuelvan todavía más importantes, no menos.
No todo tiene que significar tanto
Aunque también existe el riesgo de volver todo esto demasiado importante.
Y justo eso fue parte de la razón para separar estas canciones de robot.emocional.
No quería obligarlas a cargar un significado que nunca habían pedido.
Hay cosas preocupantes debajo de demasiado.online.
La compulsión por revisar una pantalla.
La soledad en medio de miles de personas.
La cantidad absurda de información que tenemos sobre desconocidos.
Nuestra capacidad para transformar pequeñas señales digitales en ansiedad.
Esa intimidad rarísima de conocer muchísimo sin necesariamente estar cerca.
Pero internet también es profundamente divertido y profundamente estúpido.
Y quería que el disco pudiera ser eso.
Mi experiencia online no son solamente ensayos sobre alienación tecnológica.
También son memes.
Capturas de pantalla.
Auto-Tune innecesario.
Comentarios de desconocidos.
Gente fingiendo que no sabe perfectamente quién va a ver la foto que acaba de subir.
Personas que definitivamente no deberían revisar una última conexión a las dos de la mañana.
Fantasías completas construidas a partir del perfil de una desconocida.
Y canciones que probablemente no necesitaban existir.
Pero ahora existen.
demasiado.online.
demasiado.online. ya está afuera.
Seis canciones.
Un pequeño rabbit hole.
Escuchar los pensamientos de los demás.
Agregar los tuyos.
Cerrar una pestaña.
Abrir tres.
Hasta que eventualmente sólo queda una.
La apagas.
Pantalla negra.
Sigues aquí.




